sábado, 30 de noviembre de 2013

CAPITULO 4: INCAPACITADA


-Me he dejado la mochila en casa – le digo al profesor como excusa.
-Que no vuelva a ocurrir. Hoy siéntate en  banco y mira como lo hacen tus compañeros. – me contesta el profesor.
Me siento en el banco y miro como los demás se zambullen en el agua salpicando todo lo que tienen alrededor. Hacen lo que el monitor les pide: nadan de crol, espalda, baza… Hacen uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis largos y se van a la piscina pequeña para estirar. Después salen del agua todos juntos y se van a los vestuarios. Veo a mis compañeros pasar uno por uno ya cambiados y de camino a la siguiente clase. Cuando Nicko aparece por la puerta con la intención de cogerme la mano se la quito para que no me toque con sus manos mojadas. Al hacer este movimiento parece que le he desilusionado. ¿Desilusionado por qué? ¿No habré herido sus sentimientos sin querer?
-Perdona, es que estás mojado.
-Siento estar mojado después de una hora en la piscina – dice irónicamente.
No puedo decirle que no le reprocho a eso porque tiene razón. Se supone que después de estar en el agua tienes que estar mojado y no querer tocar a alguien solo por el hecho de que esté mojado es un poco raro. ¿Qué le puedo decir? ¿Qué tengo hidrofobia? Pero solo son unas gotas y no tendría que tener mucha importancia. En teoría, pero en la práctica es un poco más difícil.
-¿No van tus hermanos al instituto? Nunca os veo juntos – le digo esperando que cambie de tema y se olvide del otro.
-Mi familia si que va al instituto conmigo, pero en clases diferentes y no nos vemos mucho por los pasillos – me explica.
-Eso lo explica todo. Debe de ser un poco incomodo tener que aguantar a ocho personas cada día en tu casa y como para tener que aguantarlas en el instituto también, yo no podría.
-Créeme, no tienes ni idea de lo que tengo que aguantar cada día.
-Supongo que no, pero creo que puedo hacerme una idea – él se ríe en cuanto comento esto. No sé que le ve de gracioso.
Llegamos al instituto con cinco minutos de retraso pero el profesor aun no ha llegado y no nos ponen un retraso. Menos mal porque si ya empezamos con retrasos a principio de curso no me quiero imaginar a final de curso.
Cuando llego a casa me pongo la comida y me siento en el comedor a comer yo sola. Cuando termino, me subo a mi habitación y enciendo el ordenador. Hacia mucho que no lo encendía, supongo que he estado ocupada.
-Cariño baja a cenar – me dice mi madre.
¿A cenar? Pero si es por la tarde aún. Para comprobarlo me asomo a la ventana de mi cuarto y veo el cielo oscuro y…
… una sombra pasa por delante de mi ventana, como un rayo. ¿Qué hago? ¿Se lo digo a mis padres? Será mejor que lo deje correr, no ha sido más que una sombra y puede que hasta me la haya imaginado.
-¿Bajas o no?
-Ya voy mamá – grito mientras me intento olvidar de lo que ha pasado.
Cuando me echo a dormir, en mi sueño, no paro de ver sombras y más sombras por todas partes. De la nada sale un foco de luz tan grande que se desvanecen todas las sombrar y el haz de luz flotante se queda parado frente a mí. Lo miro con detenimiento y, como si fuera una persona, se da cuenta de que lo estoy mirando. La luz parece asustada porque va perdiendo poco a poco su color y su brillo. Me giro con la intención de tocarla y cuando estoy muy cerca se pone a brillar con un resplandor muy fuerte.

¿Luces que se comportan como personas? Pero qué estupidez. Es algo muy irreal pero no significa que falso. ¿O si? No le doy importancia.
Van pasando los días y, excusa tras excusa, me libro de la clase de natación organizada por el instituto. La mejor excusa fue cuando, en el parque, un niño que iban en monopatín se estrelló conmigo y me rompí el brazo derecho. Estuve dos semanas con la escayola.
-¿Qué excusa vas a poner hoy? – me pregunta Nicko.
-Ninguna.
-¡Qué raro! ¿Hoy vas a nadar?
-Yo no he dicho eso. Me voy a ir de pirola.
-¿Pirola? Tú nunca haces pirola. Te acompaño.
-No. No tienes por qué hacerlo. Ve a clase.
-No te he pedido tu permiso, me iré igual.
-Cómo quieras – logro decirle en medio de una carcajada.
Cuando llega la hora de educación física salimos del instituto con nuestros compañeros pero a mitad de camino nos separamos de ellos para seguir otro distinto que nos lleva a su casa. ¡Qué nervios, voy a ver su casa! No sé por qué me pongo tan nerviosa, solo voy a ver la casa de mi mejor amigo. Me gusta como suena “mi mejor amigo”. Nunca he tenido uno de verdad. Si que he tenido amigas y amigos pero no como me pasa con Nicko, él es diferente, es como si lo comprendiera mejor que a las demás personas. En cierto modo los dos somos diferentes. 
-Espero que te guste mi casa, es un poco grande y muy lujosa – me dice mientras abre la puerta y la sostiene para que yo pase.
-No sabía que en Utebo había casas así – digo intentando cerrar la boca que se me ha quedado abierta – ¿Voy a tener el placer de conocer a tu familia hoy?
-No lo creo, se supone que estamos en clase…
-Cierto.
Después de ofrecerme algo de comer y de beber me enseña un poco la casa hasta llegar a su habitación. Es el doble que la mía y tiene una cama, un sofá, una televisión y un rincón que se parece un poco a una pequeña biblioteca en la que cientos de libros de todas las épocas, autores e idiomas descansan en enormes estanterías. Solo por curiosidad me acerco un poco a su extensa colección y miro los títulos de algunas de sus obras: “Vuelta al mundo en 80 días”, “Los cinco y el tesoro de la isla”, “Los tres investigadores en el castillo del terror”, “Muerte en las nubes”, “El sol de plata”…
-Me podrías prestar un libro alguna vez – le comento.
-Claro. El que quieras y cuando quieras.
-Gracias. Creo que cogeré “Conflicto”, si no te importa.
-No, adelante – tras decir esto meto el libro en la mochila – Siento curiosidad…
-¡Qué raro! – digo irónicamente.
-Déjame terminar. Siento curiosidad sobre por qué has escogido ese de entre todos los que tengo.
-Por alguno hay que empezar, además me gusta este tema.
-¿Qué te gusta de los vampiros? ¿Qué beben sangre o sus capacidades sobrehumanas? – no puedo evitar dejar asomar una sonrisa por la comisura de mis labios y él me devuelve la sonrisa.
-No es eso. Me fascina que no son humanos y conviven con ellos como si nada, qué aunque sean distintos se adaptan y viven sus vidas entre una multitud ignorante.
-No sabes cuanta razón tienes – me contesta, aunque no sé lo que ha querido decir.
-No tengo ni idea de que has querido decir con eso.
-No importa, ha sido un simple comentario.
Nos ponemos en su sofá y encendemos la televisión. Él cambia de canal hasta que lo deja en uno en el que están echando un documental sobre el espacio. Fascinada, me dejo llevar por las imágenes y las palabras a ese lugar que nunca podré alcanzar. Nicko se da cuenta de cuanto me interesa y apaga la televisión.
-¿Por qué has hecho eso? Lo estaba viendo.
-Porque me parece que te gustará más verlo por ti misma.
¿Por mí misma? ¿Me va ha llevar al espacio en una nave? No, no puede ser posible.
-¿Puedo preguntar cómo?
-Voy a llevarte al observatorio de mi casa. Puedes ver una recreación del cielo nocturno y de la aurora boreal, además de fascinantes videos que tenemos sobre el espacio exterior.
-Supongo que no me sorprende que tengas un observatorio en tu casa – le digo un poco incrédula y fascinada a la vez.   
-Vamos, te va a encantar.
Subimos por las escaleras hasta el piso más alto y allí abre la puerta de una enorme habitación con butacas, un proyector, un croma y una cúpula. Nos sentamos en una butaca y, con el mando a distancia, le da a un botón para que se apaguen las luces y comience la proyección del cielo nocturno en la cúpula. Es como si fuera de noche, una maravilla. Empiezo a distinguir las constelaciones y encuentro mi favorita (la constelación de Orión).
-Mi favorita es la constelación de Orión – me dice señalándomela aunque no me hace falta. Menuda casualidad.
-La mía también – le contesto con una sonrisa.
-Ya verás que bonita es la aurora boreal, aunque tendrás que esperar a otro día.
-¿Por qué? – le pregunto sin dejar de lado un poco de frustración.
-Pues porque la clase de natación va a terminar en diez minutos y no quiero faltar a la siguiente clase. Además me darás una excusa para invitarte a verla otro día – es tan directo que me está dando vergüenza.
-Vale, acepto la invitación.
-¿Qué tal el sábado? Va a llover y así tendremos algo que hacer.
-¡No! – le digo cortante – Mejor el viernes después de clase, si no te importa.
Creo que he sido un poco brusca pero era necesario. El sábado va a llover y me tendré que quedar en casa, mejor el viernes antes de que empiece la tormenta.
-Vale, vente a comer a mi casa.
-¿No molestaré a tu familia? Sois tantos…
-No te preocupes. ¿Qué te apetece comer el viernes?
-Deja que me lo piense… Humm… Un poco de ensalada y unos trozos de carne empanada. 
-Oído cocina.
Después de esto no encaminamos hacia el instituto y continuamos con las clases.
Esta semana se me hizo eterna pero por fin era jueves por la noche y la impaciencia me está comiendo viva. Ayer les dije a mis padres que me quedaría a comer a casa de Nicko. Se lo tomaron muy bien y no tendré problemas con ellos. Pero tengo tantos nervios que no puedo dormirme. “Piensa, piensa” me digo a mí misma intentando solucionar este insomnio. Lo único que se me ocurre hacer es, como el primer día de insomnio en Utebo, coger el libro de filosofía de mi madre. ¡Bendita sea la filosofía! Es tan aburrida que me quedo dormida a las pocas frases de empezar.

-Ven, te presentaré ante la familia. ¡Dionisia, por fin puedes conocer a Aithne!
Como un rayo, Dionisia baja las escaleras seguida de otra persona de piel blanca y cabellos naranjas. Por el salón se levantan unas figuras de similar aspecto pero se acercan a mí con más cautela que Dionisia y su acompañante. Dionisia se mete en la cocina, donde estamos Nicko y yo, mientras que su acompañante se queda en la puerta con cautela, muy tenso y pendiente de la situación. Las figuras del salón se colocan a unos pasos de nosotros, al otro lado de la encimera.
-Hola soy Dionisia pero llámame simplemente Diona – dice Dionisia, una chica de nuestra edad de pelo largo, oscuro y rizado, más o menos de mi estatura y con una voz dulce y aterciopelada que seguro que al cantar suena como la voz de los ángeles.
-Hola, encantada de conocerte. Me llamo Aithne pero llámame Aith.
-Vale.
-Yo me llamo Francisco y esta es Ondina, mi esposa – dice la persona de apariencia más adulta señalando a la persona que tiene abrazada por la cintura a su lado.
-Él es Alastair – dice Nicko señalando al acompañante de Dionisia.
Desde la ventana veo como dos personas, un chico y una chica de mi edad también, me saludan dejando de hacer lo que estaban haciendo, jugar al tenis en un campo del jardín.
-Esos son Jorge y Jordi – dice Nicko señalando fuera de la ventana.
-Pero uno es una chica – digo algo confusa.
-Si, a Jorgina no le gusta que la llamen por su nombre completo. Prefiere Jorge – me contesta encogiéndose de hombros -¿Quién quiere comer?
-¿Alguien ha dicho comer? – y pego un grito ante esa respuesta de alguien que  ha aparecido de la nada y está enfrente mío, demasiado cerca para mi gusto.
-Estos son Joan y Romana.
Miro con más atención a las dos figuras que tengo delante y me doy cuenta cuando alargo la mano de que puedo atravesar se cuerpo y, como es normal, me asusto un poco. ¡Son fantasmas!
-No puede ser, me estoy volviendo loca. Vosotros no podéis ser fantasmas – digo incrédula.
-Claro que son fantasmas y no son lo más raro de por aquí. Y volviendo a la pregunta que nadie ha contestado, ¿quién quiere comer?
-Vamos a comer todos – dice Francisco - ¡Jorge, Jordi vengan a comer!
Van tan rápido que en un parpadeo humano ya están sentados en sus correspondientes lugares, uno al lado del otro, en la mesa. Los demás también se sientan es sus lugares y Nicko me conduce a una silla vacía que hay al lado de la suya. Cuando levanto la mirada a la mesa no hay más que un vaso para cada uno. Ni cubiertos ni platos, solo un vaso. Ondina, que aún no se había sentado, coge de la nevera una gran jarra de cristal que deja ver que su contenido es de color rojo, un gazpacho tal vez. Pero cuando se acerca con la jarra y empieza a servir en los vasos un fuerte olor a hierro y cal se cuela por mi nariz. Tardo un poco en comprenderlo pero averiguo que no se trata de un gazpacho, ¡se trata de sangre! Ante este hecho los latidos de mi corazón se disparan y noto como todas las caras de la mesa me miran como si pudieran escuchar el fuerte y rápido martillar de mi pequeño corazón.
-¡Es sangre! – grito eufórica
-Pues claro que es sangre. ¿Qué te pensabas que era? – dice Nicko.
-No lo sé, alguna comida un poco más normal – digo irónicamente.
-Pero nosotros solo comemos sangre.
-¿Qué solo coméis sangre?
-Bueno no nos la comemos exactamente, nos la bebemos.
-¿Pero qué clase de personas bebe sangre?
-Ahí le has dado. No somos humanos, somos vampiros.
¿Vampiros? Son vampiros, bien yo tampoco es que sea lo que parezco ser pero un vampiro sobrepasa mis límites. Tengo que salir corriendo de aquí pero como he podido comprobar son más rápidos que yo y no voy a poder escapar con tanta facilidad. Nicko, que parece que ha perdido su paciencia, salta a mi garganta.





No hay comentarios:

Publicar un comentario