-Me he dejado la mochila
en casa – le digo al profesor como excusa.
-Que no vuelva a
ocurrir. Hoy siéntate en banco y mira
como lo hacen tus compañeros. – me contesta el profesor.
Me siento en el banco y
miro como los demás se zambullen en el agua salpicando todo lo que tienen
alrededor. Hacen lo que el monitor les pide: nadan de crol, espalda, baza…
Hacen uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis largos y se van a la piscina pequeña
para estirar. Después salen del agua todos juntos y se van a los vestuarios.
Veo a mis compañeros pasar uno por uno ya cambiados y de camino a la siguiente
clase. Cuando Nicko aparece por la puerta con la intención de cogerme la mano
se la quito para que no me toque con sus manos mojadas. Al hacer este
movimiento parece que le he desilusionado. ¿Desilusionado por qué? ¿No habré
herido sus sentimientos sin querer?
-Perdona, es que estás
mojado.
-Siento estar mojado
después de una hora en la piscina – dice irónicamente.
No puedo decirle que no
le reprocho a eso porque tiene razón. Se supone que después de estar en el agua
tienes que estar mojado y no querer tocar a alguien solo por el hecho de que
esté mojado es un poco raro. ¿Qué le puedo decir? ¿Qué tengo hidrofobia? Pero
solo son unas gotas y no tendría que tener mucha importancia. En teoría, pero
en la práctica es un poco más difícil.
-¿No van tus hermanos al
instituto? Nunca os veo juntos – le digo esperando que cambie de tema y se
olvide del otro.
-Mi familia si que va al
instituto conmigo, pero en clases diferentes y no nos vemos mucho por los
pasillos – me explica.
-Eso lo explica todo.
Debe de ser un poco incomodo tener que aguantar a ocho personas cada día en tu
casa y como para tener que aguantarlas en el instituto también, yo no podría.
-Créeme, no tienes ni
idea de lo que tengo que aguantar cada día.
-Supongo que no, pero
creo que puedo hacerme una idea – él se ríe en cuanto comento esto. No sé que
le ve de gracioso.
Llegamos al instituto
con cinco minutos de retraso pero el profesor aun no ha llegado y no nos ponen
un retraso. Menos mal porque si ya empezamos con retrasos a principio de curso
no me quiero imaginar a final de curso.
Cuando llego a casa me
pongo la comida y me siento en el comedor a comer yo sola. Cuando termino, me
subo a mi habitación y enciendo el ordenador. Hacia mucho que no lo encendía,
supongo que he estado ocupada.
-Cariño baja a cenar –
me dice mi madre.
¿A cenar? Pero si es por
la tarde aún. Para comprobarlo me asomo a la ventana de mi cuarto y veo el
cielo oscuro y…
… una sombra pasa por
delante de mi ventana, como un rayo. ¿Qué hago? ¿Se lo digo a mis padres? Será
mejor que lo deje correr, no ha sido más que una sombra y puede que hasta me la
haya imaginado.
-¿Bajas o no?
-Ya voy mamá – grito
mientras me intento olvidar de lo que ha pasado.
Cuando me echo a dormir,
en mi sueño, no paro de ver sombras y más sombras por todas partes. De la nada
sale un foco de luz tan grande que se desvanecen todas las sombrar y el haz de
luz flotante se queda parado frente a mí. Lo miro con detenimiento y, como si
fuera una persona, se da cuenta de que lo estoy mirando. La luz parece asustada
porque va perdiendo poco a poco su color y su brillo. Me giro con la intención
de tocarla y cuando estoy muy cerca se pone a brillar con un resplandor muy
fuerte.
¿Luces que se comportan
como personas? Pero qué estupidez. Es algo muy irreal pero no significa que
falso. ¿O si? No le doy importancia.
Van pasando los días y,
excusa tras excusa, me libro de la clase de natación organizada por el
instituto. La mejor excusa fue cuando, en el parque, un niño que iban en monopatín
se estrelló conmigo y me rompí el brazo derecho. Estuve dos semanas con la
escayola.
-¿Qué excusa vas a poner
hoy? – me pregunta Nicko.
-Ninguna.
-¡Qué raro! ¿Hoy vas a
nadar?
-Yo no he dicho eso. Me
voy a ir de pirola.
-¿Pirola? Tú nunca haces
pirola. Te acompaño.
-No. No tienes por qué
hacerlo. Ve a clase.
-No te he pedido tu
permiso, me iré igual.
-Cómo quieras – logro
decirle en medio de una carcajada.
Cuando llega la hora de
educación física salimos del instituto con nuestros compañeros pero a mitad de
camino nos separamos de ellos para seguir otro distinto que nos lleva a su
casa. ¡Qué nervios, voy a ver su casa! No sé por qué me pongo tan nerviosa,
solo voy a ver la casa de mi mejor amigo. Me gusta como suena “mi mejor amigo”.
Nunca he tenido uno de verdad. Si que he tenido amigas y amigos pero no como me
pasa con Nicko, él es diferente, es como si lo comprendiera mejor que a las
demás personas. En cierto modo los dos somos diferentes.
-Espero que te guste mi
casa, es un poco grande y muy lujosa – me dice mientras abre la puerta y la
sostiene para que yo pase.
-No sabía que en Utebo
había casas así – digo intentando cerrar la boca que se me ha quedado abierta –
¿Voy a tener el placer de conocer a tu familia hoy?
-No lo creo, se supone
que estamos en clase…
-Cierto.
Después de ofrecerme
algo de comer y de beber me enseña un poco la casa hasta llegar a su
habitación. Es el doble que la mía y tiene una cama, un sofá, una televisión y
un rincón que se parece un poco a una pequeña biblioteca en la que cientos de
libros de todas las épocas, autores e idiomas descansan en enormes estanterías.
Solo por curiosidad me acerco un poco a su extensa colección y miro los títulos
de algunas de sus obras: “Vuelta al mundo en 80 días”, “Los cinco y el tesoro
de la isla”, “Los tres investigadores en el castillo del terror”, “Muerte en
las nubes”, “El sol de plata”…
-Me podrías prestar un
libro alguna vez – le comento.
-Claro. El que quieras y
cuando quieras.
-Gracias. Creo que
cogeré “Conflicto”, si no te importa.
-No, adelante – tras
decir esto meto el libro en la mochila – Siento curiosidad…
-¡Qué raro! – digo
irónicamente.
-Déjame terminar. Siento
curiosidad sobre por qué has escogido ese de entre todos los que tengo.
-Por alguno hay que
empezar, además me gusta este tema.
-¿Qué te gusta de los
vampiros? ¿Qué beben sangre o sus capacidades sobrehumanas? – no puedo evitar
dejar asomar una sonrisa por la comisura de mis labios y él me devuelve la
sonrisa.
-No es eso. Me fascina
que no son humanos y conviven con ellos como si nada, qué aunque sean distintos
se adaptan y viven sus vidas entre una multitud ignorante.
-No sabes cuanta razón
tienes – me contesta, aunque no sé lo que ha querido decir.
-No tengo ni idea de que
has querido decir con eso.
-No importa, ha sido un
simple comentario.
Nos ponemos en su sofá y
encendemos la televisión. Él cambia de canal hasta que lo deja en uno en el que
están echando un documental sobre el espacio. Fascinada, me dejo llevar por las
imágenes y las palabras a ese lugar que nunca podré alcanzar. Nicko se da
cuenta de cuanto me interesa y apaga la televisión.
-¿Por qué has hecho eso?
Lo estaba viendo.
-Porque me parece que te
gustará más verlo por ti misma.
¿Por mí misma? ¿Me va ha
llevar al espacio en una nave? No, no puede ser posible.
-¿Puedo preguntar cómo?
-Voy a llevarte al
observatorio de mi casa. Puedes ver una recreación del cielo nocturno y de la
aurora boreal, además de fascinantes videos que tenemos sobre el espacio
exterior.
-Supongo que no me
sorprende que tengas un observatorio en tu casa – le digo un poco incrédula y
fascinada a la vez.
-Vamos, te va a
encantar.
Subimos por las
escaleras hasta el piso más alto y allí abre la puerta de una enorme habitación
con butacas, un proyector, un croma y una cúpula. Nos sentamos en una butaca y,
con el mando a distancia, le da a un botón para que se apaguen las luces y
comience la proyección del cielo nocturno en la cúpula. Es como si fuera de
noche, una maravilla. Empiezo a distinguir las constelaciones y encuentro mi
favorita (la constelación de Orión).
-Mi favorita es la
constelación de Orión – me dice señalándomela aunque no me hace falta. Menuda
casualidad.
-La mía también – le
contesto con una sonrisa.
-Ya verás que bonita es
la aurora boreal, aunque tendrás que esperar a otro día.
-¿Por qué? – le pregunto
sin dejar de lado un poco de frustración.
-Pues porque la clase de
natación va a terminar en diez minutos y no quiero faltar a la siguiente clase.
Además me darás una excusa para invitarte a verla otro día – es tan directo que
me está dando vergüenza.
-Vale, acepto la
invitación.
-¿Qué tal el sábado? Va
a llover y así tendremos algo que hacer.
-¡No! – le digo cortante
– Mejor el viernes después de clase, si no te importa.
Creo que he sido un poco
brusca pero era necesario. El sábado va a llover y me tendré que quedar en
casa, mejor el viernes antes de que empiece la tormenta.
-Vale, vente a comer a
mi casa.
-¿No molestaré a tu
familia? Sois tantos…
-No te preocupes. ¿Qué
te apetece comer el viernes?
-Deja que me lo piense…
Humm… Un poco de ensalada y unos trozos de carne empanada.
-Oído cocina.
Después de esto no
encaminamos hacia el instituto y continuamos con las clases.
Esta semana se me hizo
eterna pero por fin era jueves por la noche y la impaciencia me está comiendo
viva. Ayer les dije a mis padres que me quedaría a comer a casa de Nicko. Se lo
tomaron muy bien y no tendré problemas con ellos. Pero tengo tantos nervios que
no puedo dormirme. “Piensa, piensa” me digo a mí misma intentando solucionar
este insomnio. Lo único que se me ocurre hacer es, como el primer día de
insomnio en Utebo, coger el libro de filosofía de mi madre. ¡Bendita sea la
filosofía! Es tan aburrida que me quedo dormida a las pocas frases de empezar.
-Ven, te presentaré ante
la familia. ¡Dionisia, por fin puedes conocer a Aithne!
Como un rayo, Dionisia
baja las escaleras seguida de otra persona de piel blanca y cabellos naranjas.
Por el salón se levantan unas figuras de similar aspecto pero se acercan a mí
con más cautela que Dionisia y su acompañante. Dionisia se mete en la cocina,
donde estamos Nicko y yo, mientras que su acompañante se queda en la puerta con
cautela, muy tenso y pendiente de la situación. Las figuras del salón se
colocan a unos pasos de nosotros, al otro lado de la encimera.
-Hola soy Dionisia pero
llámame simplemente Diona – dice Dionisia, una chica de nuestra edad de pelo
largo, oscuro y rizado, más o menos de mi estatura y con una voz dulce y
aterciopelada que seguro que al cantar suena como la voz de los ángeles.
-Hola, encantada de
conocerte. Me llamo Aithne pero llámame Aith.
-Vale.
-Yo me llamo Francisco y
esta es Ondina, mi esposa – dice la persona de apariencia más adulta señalando
a la persona que tiene abrazada por la cintura a su lado.
-Él es Alastair – dice
Nicko señalando al acompañante de Dionisia.
Desde la ventana veo
como dos personas, un chico y una chica de mi edad también, me saludan dejando
de hacer lo que estaban haciendo, jugar al tenis en un campo del jardín.
-Esos son Jorge y Jordi
– dice Nicko señalando fuera de la ventana.
-Pero uno es una chica –
digo algo confusa.
-Si, a Jorgina no le
gusta que la llamen por su nombre completo. Prefiere Jorge – me contesta
encogiéndose de hombros -¿Quién quiere comer?
-¿Alguien ha dicho
comer? – y pego un grito ante esa respuesta de alguien que ha aparecido de la nada y está enfrente mío,
demasiado cerca para mi gusto.
-Estos son Joan y
Romana.
Miro con más atención a
las dos figuras que tengo delante y me doy cuenta cuando alargo la mano de que
puedo atravesar se cuerpo y, como es normal, me asusto un poco. ¡Son fantasmas!
-No puede ser, me estoy
volviendo loca. Vosotros no podéis ser fantasmas – digo incrédula.
-Claro que son fantasmas
y no son lo más raro de por aquí. Y volviendo a la pregunta que nadie ha
contestado, ¿quién quiere comer?
-Vamos a comer todos –
dice Francisco - ¡Jorge, Jordi vengan a comer!
Van tan rápido que en un
parpadeo humano ya están sentados en sus correspondientes lugares, uno al lado
del otro, en la mesa. Los demás también se sientan es sus lugares y Nicko me
conduce a una silla vacía que hay al lado de la suya. Cuando levanto la mirada
a la mesa no hay más que un vaso para cada uno. Ni cubiertos ni platos, solo un
vaso. Ondina, que aún no se había sentado, coge de la nevera una gran jarra de
cristal que deja ver que su contenido es de color rojo, un gazpacho tal vez.
Pero cuando se acerca con la jarra y empieza a servir en los vasos un fuerte
olor a hierro y cal se cuela por mi nariz. Tardo un poco en comprenderlo pero
averiguo que no se trata de un gazpacho, ¡se trata de sangre! Ante este hecho
los latidos de mi corazón se disparan y noto como todas las caras de la mesa me
miran como si pudieran escuchar el fuerte y rápido martillar de mi pequeño
corazón.
-¡Es sangre! – grito
eufórica
-Pues claro que es
sangre. ¿Qué te pensabas que era? – dice Nicko.
-No lo sé, alguna comida
un poco más normal – digo irónicamente.
-Pero nosotros solo
comemos sangre.
-¿Qué solo coméis
sangre?
-Bueno no nos la comemos
exactamente, nos la bebemos.
-¿Pero qué clase de personas
bebe sangre?
-Ahí le has dado. No
somos humanos, somos vampiros.
¿Vampiros? Son vampiros,
bien yo tampoco es que sea lo que parezco ser pero un vampiro sobrepasa mis
límites. Tengo que salir corriendo de aquí pero como he podido comprobar son
más rápidos que yo y no voy a poder escapar con tanta facilidad. Nicko, que
parece que ha perdido su paciencia, salta a mi garganta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario