Me llevan a la bañera y
me meten en ella con cuidado. Menuda bañera, casi parece un pequeño cuarto de
baño pero es mejor así para poder moverme. A los cinco minutos dentro de la
bañera todos están al el cuarto de baño mirándome y mirando el agua. ¿Por qué?
Para averiguarlo miro yo también. Por la parte alta de mi cola, el agua se está
tiñendo de rojo y llenado la habitación de humedad que transporta ese olor a
hierro y cal de la sangre pero con un toque dulce y otro a mar.
-Francisco ven, por
favor – dice Nicko sin dejar de mirarme ni un segundo.
Francisco, que es el
único que no había acudido llega en breve y mira a Nicko, éste señala con un
movimiento de barbilla donde estoy yo y Francisco se pone a mi lado fuera de la
bañera.
-¿Qué ha pasado? –
pregunta.
-No lo sé. Puede que sea
por las rocas – contesta Nicko por mí.
-¿Qué rocas? – vuelve a
preguntar Francisco algo confuso.
-En el parque me cayó
una gota de lluvia y me transformé en una sirena. Como vi que se acercaba gente
Nicko me sacó de allí y me llevó a la ribera del río. Me lanzo a varios metros
de la orilla, cayendo en el centro del río, y cuando intenté salir a la orilla
nadando me rocé con unas rocas afiladas del suelo y que, al parecer, me han
rasgado un poco – intento explicarme.
-Sigues perdiendo sangre
y como siga así se te va a infectar. Ayudadme a sacarla del agua para poder
curarla – dice Francisco con la intención de ayudarme.
-No creo que sea muy
buena idea – dice Nicko – cuando se seca vuelve a su forma humana y no sabemos
como podría afectarle la herida si se transforma.
-Tienes razón, pero
necesito desinfectar la herida antes de que se ponga peor de lo que ya está.
-Vas a tener que ponerla
en la encimera de la cocina y uno de nosotros debe rociarla de agua para que no
se seque o ponerle un cubo con agua en el extremo de la cola.
-Nicko, pásame mi móvil.
Necesito llamar a mi madre y decirle que estoy en tu casa para que no se
preocupe. ¿Cuándo le digo que vuelvo a casa?
-Dile que te quedas a
dormir todo el fin de semana y que irás el domingo por la noche, después de
cenar – me dice Diona ilusionada – Ya verás como nos divertimos.
-¿Divertirnos? –
pregunto irónicamente – Tengo que quedarme como una sirena con alguien
pendiente de mí todo el rato para que no me seque en la encimera de la cocina.
¿Cómo quieres que me divierta?
-Ya verás como si, será
como una fiesta de pijamas. Ya lo estoy viendo…
Todos, que han escuchado
los planes de Diona pegan un gran suspiro sabiendo de antemano lo que les
espera esta noche. No puede ser tan terrible, ¿no? Quiero decir, una fiesta de
pijamas entre sirena y vampiro no puede acabar tan mal… ¿o si?
-Jordi, sácala de la
bañera. Pon cuidado de no tocar la herida demasiado – empieza a mandar
Francisco – Dionisia, si quieres la fiesta de pijamas, pon cubos con agua y
jarras llenas en todos los lugares de la casa a los que tengas pensado ir, pero
que no sean mucho porque habrá que moverla. Nicko prepárale un sitio para que
pueda dormir. Coge dos colchones para el largo.
Todos salen por la
puerta menos Jordi y Francisco que, un poco entre los dos me sacan fuera y me
dejan sobre la gran encimera de la cocina que, para mi sorpresa, es tan grande
que cabe toda mi cola. Francisco desaparece por un segundo de mi lado y cuando
vuelvo a verlo trae en su mano un gran maletín y unas bolsas. Me dice que son
sus instrumentos de enfermería y que ha cogido también los de veterinaria.
En los pocos minutos que
han pasado ya noto como empiezo a secarme y se lo hago saber a la persona más
cercana a mí porque sé que si me transformo en humana no será tan fácil
curarme. Como si lloviera me caen gotas por encima de la cola.
-Tened cuidado de que no
entre agua en la herida – instruye Francisco.
Con mucho cuidado noto
como empieza la “operación”. También noto una presión en una de mis manos, es
Nicko cogiéndomela y dándome una sonrisa que pretende que me tranquilice un
poco al notar que la humedad del aire comienza a hacerse más pesada.
-Uff. El aire está muy
cargado aquí dentro, ¿no? – comenta Alastair – Me parece bien tener invitados
pero quitar la calefacción y abrid las ventanas.
-No es la calefacción
Alar, es ella – dice Nicko con indiferencia señalándome a mí. Claro, le dije de
mis poderes.
-¿Ella? Me he perdido.
Explícamelo por favor – continúan hablando mientras Francisco intenta sacarme
algo que tengo clavado en la cola, entre los tejidos.
-Ay – digo ahora que por
fin ha conseguido sacármelo. Todos me miran y Nicko me aprieta la mano más
fuerte mientras me vuelven a rociar con agua fresca.
-Explícamelo – insiste
otra vez.
-Ella controla el agua,
aunque no domina sus poderes. Cuando se enfada la calienta, cuando se
entristece la enfría y cuando está nerviosa o agitada aumenta la humedad.
-Fascinante. Nunca había
visto algo así.
-No creo que nadie haya
visto en su vida algo así – comenta Jorge interviniendo por primera vez. No me
había dado cuenta de que estaba, es la primera señal de vida que da.
-Más tarde me gustaría
hablar contigo – me informa Francisco.
Me ponen unas gasas y
una venda que recorre todo el ancho de la parte de mi cola en la que está
situada la herida. Me vuelven a dar agua y a mí me está entrando un hambre
terrible. Como tengo mucha hambre y me entristece que no pueda comer en un rato
el agua que me han puesto se congela en el instante que toca mis escamas.
-Esto va a ser un
problema. ¿Qué te ocurre? – me preguntan.
-Nada – les contesto
automáticamente pero por la cara que ponen no sé que me da que no lo van a
dejar así.
-No nos digas que no te
pasa nada cuando has congelado el agua – insiste Alastair mirándome a los ojos
– No podemos ayudarte si no nos lo cuentas.
-Es que tengo hambre,
eso es todo.
-Llévala al salón donde
tengo todo preparado – le dice Diona a Jordi – Así vosotros tendréis la cocina
libre para hacer algo. Si no se tranquiliza no podremos mojarla y se
transformará. Que sea nutritivo, va a necesitar fuerzas esta noche.
En el salón, me pone en
una cama casera en la que entro entera y dejan cerca de mí un recipiente con
agua. En el salón entran Francisco, Ondina y Jorge para hacerme el seguimiento
médico. Tanta vigilancia es innecesaria, no me voy a morir si me pierden de
vista un segundo. A los diez minutos de tediosa espera en constante vigilancia
aparece Nicko por la puerta con una bandeja llena de comida. Gracias a Dios.
-Toma, espero que te
guste – me dice ofreciéndome la bandeja.
Después de comer me
vuelven a mojar y me quedo dormida del agotamiento. Todo esto ha pasado en una
mañana, mi vida ha cambiado completamente desde esta mañana cuando decidí irme
a leer. Increíble. Y ahora tengo una casa de vampiros para cuidarme. Si se lo
cuento a alguien seguro que no me cree.
Me despierto de repente
y miro la hora del reloj de pared que hay en la habitación. Solo me he dormido
un par de horas, la diferencia es que estoy sola en la habitación y hay un PEN
y un ordenador al lado de la almohada. Me rocío con agua ya que nadie más puede
hacerlo. Abro el ordenador y lo enciendo. Meto el PEN en la ranura y miro el
archivo. Es un vídeo. Clico dos veces en el archivo y empieza.
-Aithne siento tener que
dejarte sola pero volveremos en una hora más o menos. Además no te dejo sola
por completo. Ayer preguntaste por Romana y Joan, pues ellos se van a encargar
de cuidarte por mí. Por favor, no te asustes cuando los veas – dice Nicko
seguido de una despedida de todos y una recomendación de echarme agua cada
media hora como muy tarde de Francisco.
Tengo un ordenador y mi
libro en la mochila para entretenerme hasta que vuelvan. ¡No! Tengo mi libro en
la mochila, en la entrada de la casa y no puedo levantarme. No me queda más
remedio que usar el ordenador, me pongo una de las películas que he encontrado
en sus archivos y me vuelvo a echar agua.
-¿Ya te has despertado?
– me dice alguien a los veinte minutos del comienzo de la película.
Me giro y le contesto
que si. Esta debe de ser Romana porque es una chica y atravesando la pared de
una habitación para entrar a ésta veo a un chico.
-No hagas eso o la vas a
asustar – le riñe.
-¿Sois… fantasmas?
-Claro que si, pero no
te preocupes no vamos a hacerte daño – y oigo murmurar al chico de que si me
hacían daño Nicko los volvería a matar.
Se sientan al lado mío y
empiezan a cuidarme otra vez. Que pesadez, puedo cuidarme yo sola.
-Continúa con lo que
estabas haciendo. Nosotros solo somos los vigilantes.
Ya lo creo que si, sino
no estarían aquí perdiendo el tiempo. Me resigno y continúo viendo la película.
-Mira Joan, el agua se
está evaporando. Baja un poco la calefacción.
-Lo siento – les digo.
-¿Por qué?
-Nada, dejadlo.
El tiempo continúa
corriendo y no pasa una hora hasta que Nicko llega, sino dos. Dos largas horas
con dos personas que no conozco. Juro que lo mato como me vuelva a hacer algo
así. Y, una vez en casa, frases como “Tranquilízate por favor” o “¿Qué te
pasa?” no paran de entrar en mis oídos. Ya estoy harta. Solo quiero un poco de tranquilidad y
para cuando la consigo es muy entrada la noche. Los seguimientos no son tan
seguidos, ahora es cada tres o cuatro horas en vez de a cada hora y ya no están
todos a mí alrededor sino solo un par de ellos.
-Duerme un rato, llevas
despierta todo el día – me dicen Nicko y Francisco a las tres de la madrugada.
-No tengo sueño, de verdad – insisto otra vez -
¿Vosotros no dormís?
-No, la que debe hacerlo
eres tú – me dicen otra vez. Son más pesados que un elefante en brazos - No te
enfades con nosotros por decirte que duermas un poco.
Y así toda la noche
hasta que me llevan el desayuno a las cinco y media de la mañana. Después me
empieza a picar la herida e intento alcanzarla para rascarme. No la alcanzo. Me
tumbo sobre el colchón y dejo salir un pequeño grito de desesperación.
-¿Qué ocurre? –
preguntan inseguros.
-Me pica la herida, me
pica mucho.
-No te rasques – me
dicen.
-¿Qué podemos hacer? –
preguntan consultando las opciones y es Francisco el que da la explicación y la
solución.
-Hay que examinarle la
herida y cambiarle las vendas pero mucho me temo que se haya infectado – dice
dirigiéndose a los demás – Llevadla a la encimera de la cocina y yo haré el
resto.
En menos de un minuto ya
está todo listo para intervenir. Me quitan las vendas y lavan la herida.
-Mira. Justo como me
temía, se ha infectado – oigo que le dicen a Nicko – Trae el agua oxigenada y
el alcohol del botiquín.
Cuando me los echan por
la herida me escuece en montón pero intento no poner mala cara. Me ponen dos
láminas de madera a los lados de la cola y la envuelven en vendas, así no podré
moverla, ya verás como me molesta. Me vuelven a poner en el salón y empiezan a
hablar entre ellos.
-Ahora más que nunca hay
que mantenerla mojada. No podrá mover su cola, le he puesto dos maderas.
Volveré a hacer un seguimiento cada hora – les informa Francisco. Más
seguimientos no por favor. Ahora se dirige a mí – Deberías llamar a tu madre y decirle que te quedarás un poco más,
como muy pronto volverás el lunes por la noche.
-Ya me inventaré algo.
¿No iré mañana al instituto?
-No, puedes decirle a
tus padres que tenías excursión y te has caído si te queda alguna marca en la
pierna.
-Bien pensado. ¿Iréis
vosotros?
-Irán los que quieran y
yo no iré a trabajar – me explica su padre.
Por un fin de semana que
tenía solo con mi madre va y me tiene que pasar esto. Todo el fin de semana
encerrada en una casa de vampiros y herida. No puedo evitar sentirme un poco
feliz cuando, el lunes por la tarde, Francisco me dice que ya ha pasado lo peor
y, que si quiero, ya puedo volver a mi forma humana. Dejan de mojarme y me
traen un par de gruesas toallas. Me quitan las vendas y las láminas de madera y
empiezo a secarme. Cinco minutos después ya vuelvo a tener un par de piernas,
una con una gran herida pero son piernas.
-Déjame verla – me la
examina y le pone unas gasas y una venda – No la muevas mucho. Ya no está
infectada. Prueba a ver si puedes andar un poco.
Me ayudan a ponerme en
pie, doy un paso hacia delante yo sola y me caigo. Jordi se lleva la mano a la
frente y agacha la cabeza moviéndola de un lado a otro.
-Practica un poco y
luego te acompañará Nicko a tu casa.
Así que en un par de
horas salgo de mi encierro y me dirijo a casa por primera vez en tres días.
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