Menudo sueño. Casi me da un ataque del susto. Tengo que dejar de
leer tantas historias de vampiros y seres míticos, estoy tan metida que me
perturban los sueños. Menuda tontería, los vampiros existen. ¿Pero dónde tenía
la cabeza ayer por la noche? Un momento, ahora que lo pienso, este sueño
concuerda con el que tuve el fin de semana en la playa. No es posible, no es
posible. Todo esto es una jugarreta de mi mente e imaginación para amargarme
este precioso día. Bueno los sueños, sueños son, creo, y no puedo hace nada
para cambiarlo.
Así que, resignada a que
mi cabeza esta mal, me levanto de la cama y abro el armario con la intención de
escoger una ropa apropiada. “Tonta, si tienes que llevar uniforme, ¿recuerdas?”
me digo a mí misma cuando veo el uniforme en el armario. Cuando me he vestido
me voy al baño a peinarme, algo que por suerte podemos elegir. Cuando ya estoy
lista me preparo la mochila y meto un paraguas, solo por si acaso. Me pongo los
zapatos y bajo las escaleras hasta la planta baja y me meto en la cocina con la
intención de desayunar y ver las noticias antes de irme.
¡Qué nervios! Las clases
se me hacen eternas y me parece que no van a acabar nunca. Solo cuando toca el
timbre que indica el fin de las clases doy un pequeño salto y creo que Nicko lo
ha notado. Recojo mis cosas y Nicko las suyas y, cuando terminamos, salimos por
la puerta en dirección a la salida y a su casa. Y, tengo que reconocer que el
camino es más largo de lo que me parece. La otra vez que estuve en su casa
tardamos un cuarto de hora ya estábamos en su casa pero hoy llevamos veinte
minutos de trayecto y aún no llegamos. Es muy raro. Y, por fin, a la media hora
de andar diviso su casa a lo lejos pero aún nos falta llegar.
-Si vives tan lejos…
¿por qué no vienes en el autobús del instituto?
-Pues porque me gusta
esto. Ya sabes, el camino y la belleza del mundo…
-No, no lo sé.
Al llegar a su casa no
me asombro tanto como el otro día pero aún no me puedo creer lo grande que es.
Pasamos por la puerta y llegamos a su habitación. Dejamos la mochila en el
suelo de su cuarto y bajamos a la cocina. Justo como le pedí para comer hay ensalada
y carne empanada. Me dice que su familia llegará en breve y entonces nos
pondremos a comer. Y solo cinco minutos después de nuestra llegada oímos como
una llave se introduce en el cerrojo y se abre la puerta continuada del sonido
de unos pasos hacia el interior de la casa.
-Uff, Nicko – dice una
voz femenina - ¿A qué huele aquí? Huele muy bien y a la vez muy mal.
-Huele a la comida, como
siempre – le contesta Nicko.
Veo como otra chica de
nuestra edad, más o menos, le dirige una fiera mirada a Nicko. ¿Ha pasado algo
malo de lo que yo no me he enterado? ¿Y si ha sido así qué derecho tengo yo a
meterme en sus asuntos personales si él no quiere contármelos? La gente va
entrando y en la casa ahora hay seis personas. Me presenta a sus hermanos
adoptivos y se van sentando en la mesa y todos miran con repugnancia a la
comida. ¿No les gusta la ensalada ni la carne empanada? ¿A ninguno? Debería
haber escogido otra comida. Si no le gusta a Nicko podría habérmelo dicho y
habría escogido una del agrado de todos. Seguro que lo ha hecho por educación.
Para compensarle lo invitaré un día a comer a mi casa.
-Pensé que dijiste que
vendría Aithne a comer – dice Jorgina – pero veo que en su lugar has traído a
Jenna.
-Está es Aithne no Jenna
– me defiende Nicko.
-No te preocupes mucha
gente suele confundirnos la una con la otra. Hasta una vez nos cambiamos los
papeles en una cita doble… Es muy divertido ver la cara que ponen cuando les
dices que eres la otra.
-Espero que no se os
ocurra hacérnoslo.
-Descuida – le contesto
poniendo una sonrisa en la cara.
La comida es muy
agradable aunque todos miran su plato con un poco de asco y comen sin ganas de
hacerlo pero a mí me encanta. Cuando, en la comida, les pregunto sobre sus
padres, los adoptivos claro, me dicen que no van a poder acompañarnos porque su
padre ha tenido una urgencia en el trabajo y su madre estaba en el hospital
cuidando a su enferma madre. Reconozco que me hubiera gustado conocerlos pero
si hoy no puede ser no me queda más remedio que esperar una ocasión en la que
pueda verlos en persona.
-¿Por qué no te llevas a
Aithne a la piscina un rato? – sugiere Dionisia a Nicko.
-¡NO! – ante mi
respuesta todos me miran esperando una explicación – Es que no me he traído el
bañador.
Me parece que esa excusa
no cuela mucho pero no se dan por vencido tan fácilmente.
-Te dejo uno mío, seguro
que te entra y te va a quedar genial el de color…
-Seguro que si pero le
prometí que le enseñaría todo lo que quisiera en el observatorio. No voy a
faltar una promesa y además ella no quiere – interrumpe Nicko y lo agradezco.
Acto seguido abandonamos
la cocina y subimos las escaleras hasta el observatorio y solo cuando llego a
la puerta de este me doy cuenta de que alguien nos sigue. Es Dionisia, su
hermana. Ahora que me acuerdo, ¿no tenía un hermano y una hermana más? Me
parece que si que me lo dijo. En ese caso, ¿dónde están?
-¿No me dijiste en la
playa que tenias 3 hermanos y 3 hermanas?
-Si, te lo dije. ¿Por? –
me pregunta extrañado.
-Porque aún no he visto
a dos de tus hermanos. Me parece que dijiste que se llamaban… Ah, si. Se
llaman Romana y Joan. ¿Dónde están?
-Esto, están en...
-Están en un viaje que
les tocó el mes pasado – interviene Diona - ¿Por qué no empezamos por la aurora
boreal?
-Me parece bien.
Nos sentamos en las butacas
y veo aparecer la noche y en ella una gran línea de colores dispersos. Que
preciosidad, no me cansaría de verlo nunca. Nunca en el estricto significado de
la palabra. Cuando esta acaba puedo contemplar todas las constelaciones y mi
favorita parece que brilla más que nunca, pero solo son imaginaciones mías
porque esto es una proyección.
Ya he visto todo lo que
puedo ver en el observatorio y bajamos a la sala de estar para merendar. Diona
prepara unas tostadas con mermelada y un vaso de zumo para cada uno.
-Deberíamos hacer los
deberes para mañana – comenta Nicko.
-Si, deberíamos. Pero en
su lugar creo que me voy a llevar a Aith a mi cuarto.
-Diona, no lo hagas otra
vez. Por favor – le suplica Nicko.
-Es un rato de chicas,
tú no lo entenderías. Y, por tu bien, espero que no nos espíes.
¿Espiarnos? ¿Por qué?
¿Lo ha hecho antes? ¿Con quien? No puedo dejar que estas preguntas formen un
gran remolino en mi cabeza en estos momentos. Pierdo el hilo de lo que están
diciendo y más preguntas se meten en mi cabeza de manera preocupante. Voy
moviendo mi cabeza de uno a otro, mirándolos alternativamente, mientras ellos
siguen su conversación como si yo no estuviera ahí ni tuviera derecho a dar mi
opinión, alzando su volumen un poco más del necesario para mi gusto. Me siento
en el sofá mientras espero a que finalicen. ¿Cuánto llevan ya así? ¿Un cuarto
de hora? Me muero del aburrimiento con el único placer de mirarlos.
-Pero también es mi
amiga y tengo derecho a un rato a solas con ella… - sigue argumentando Diona.
¡PUM!
Se oye como se cierra la
puerta de un portazo y unos pasos tranquilos que van hacia la sala en la que
estamos, la única cosa que esperaba que pasara ni con un portazo se cumple. Aún
no dejan de discutir.
-Ya vale. La estáis
aburriendo entre los dos.
-Padre – dicen Nicko y
Diona a la vez.
Me giro para contemplar
al alma caritativa que decidió acoger a siete personas y ponerlas a su cuidado
y, por otra parte, me ha salvado de morir de aburrimiento. No me sorprende ver
lo extremadamente guapo que es, como todos los de esta casa. Con su pálida piel
y sus hermosos ojos del color del fondo del mar coronados por el espeso y
oscuro cabello. Creo que se parece mucho a Dionisia aunque ella tiene los ojos
más azules y el cabello un poco más oscuro, pero sobre todo mucho más rizado.
-Francisco, ¿verdad?
Encantada de conocerle – empiezo rompiendo el silencio que se ha creado.
-Si, ¿cómo sabes…?
-Nicko me dijo los
nombres de todos y como dijo que usted volvería del trabajo después de la
comida, lo he supuesto – le interrumpo porque es obvio cual era la pregunta
completa.
-Esta es Aithne – vuelve
a presentarme Nicko, otra vez.
-Encantado de conocerla
yo también.
-El gusto es mío – digo
educadamente.
Acto seguido entra toda
la comitiva de la familia Gracia, Jordi, Alastair y Jorge, para enterarse de
todo e intentar algún plan para que hagamos algo todos juntos.
-Podríamos coger las
canoas y navegar un poco por el río – proponen Jordi y Jorge, a los que me
parece que les gusta el deporte porque después de esta proposición no paran de
dar planes semejantes.
-O podríamos coger el
coche e irnos al centro comercial más cercano – propone Diona esta vez.
-¿Y por qué no nos
dices, Diona, de quien es la proposición ganadora? – sugiere Nicko. Que forma
más rara de decidir algo aunque como se suele decir: a gustos colores.
Diona cierra los ojos y
al cabo de un momento pega una sonora patada en el suelo.
-De excursión a un museo
– responde a regañadientes.
-¿A cuál? – le pregunta
Alastair, creo.
-Al museo de “Human
Body” en el Corte Inglés.
-Decidido. Todos al
coche – dice Francisco.
-¿Y madre? – pregunta
alguien.
-La llamaré y le diré a
donde nos vamos para que, si tiene tiempo, nos acompañe. A ella le hacía
ilusión verlo desde hace tiempo.
El camino se hace corto
con todas las canciones cantadas en grupo y las cálidas conversaciones. ¡Qué
familia tan unida! Cuando bajamos del coche nos encontramos, frente a la puerta
del centro, a Ondina, su madre. Aunque insisto en pagar mi entrada se niegan y,
amablemente, me la pagan ellos con la excusa de que el dinero no sirve para
nada más que para gastarlo. Que excusa más vieja. Al pasar por la puerta abro
los ojos como platos y contemplo todo lo que está al alcance de mi visión. Es
como si le muestras una habitación llena de caramelos a un niño, los quiere
todos. Pronto se acaba toda la magia y se oscurece el cielo. Volvemos a subir
al coche y me llevan a mi casa. Y, como hay tanta gente en el coche, solo me
despido de Nicko con unas palabras.
-¿Te lo has pasado bien?
– me pregunta mi madre en la cena.
-Si, me han vuelto a
confundir con Jen. Por cierto, ¿dónde está ella?
-Se va a quedar a dormir
en la casa de una de sus amigas todo el fin de semana. Iré a recogerla el
domingo cuando hayan cenado.
Todo un fin de semana
sin mi hermana y sin mi padre (porque se ha ido de viaje de negocios). ¿Qué
haremos primero?
-¿Te parece bien que
mañana durmamos hasta un poco antes del amanecer y lo pintamos? – pregunta como
si supiera lo que estoy pensando.
-Nada me encantaría más,
como en los viejos tiempos.
Yo y mi madre pintamos
desde que tengo memoria. Ella me enseñó la mayoría de las cosas que sé y se lo
agradezco. Se me da bien pintar pero a ella más. Cuando tenía ocho años
pintamos cada una un cuadro de una noche preciosa, juntas, y nos lo enseñamos
mutuamente una vez terminado, desde entonces nos gusta pintar las dos solas
pero juntas, el mismo paisaje y nos divertimos mucho. Son de los momentos que
más me gustan y creo que a ella también.
Y, como acordamos ayer,
nos despertamos pronto para dejar nuestros caballetes, los lienzos y las
pinturas en el jardín de atrás mientras desayunamos. Tan solo media hora
después comienza el amanecer con sus deliciosos colores que, otra vez, van a
quedar en uno de mis recuerdos para siempre.
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