sábado, 30 de noviembre de 2013

CAPITULO 5: LA COMIDA


Menudo sueño. Casi  me da un ataque del susto. Tengo que dejar de leer tantas historias de vampiros y seres míticos, estoy tan metida que me perturban los sueños. Menuda tontería, los vampiros existen. ¿Pero dónde tenía la cabeza ayer por la noche? Un momento, ahora que lo pienso, este sueño concuerda con el que tuve el fin de semana en la playa. No es posible, no es posible. Todo esto es una jugarreta de mi mente e imaginación para amargarme este precioso día. Bueno los sueños, sueños son, creo, y no puedo hace nada para cambiarlo.
Así que, resignada a que mi cabeza esta mal, me levanto de la cama y abro el armario con la intención de escoger una ropa apropiada. “Tonta, si tienes que llevar uniforme, ¿recuerdas?” me digo a mí misma cuando veo el uniforme en el armario. Cuando me he vestido me voy al baño a peinarme, algo que por suerte podemos elegir. Cuando ya estoy lista me preparo la mochila y meto un paraguas, solo por si acaso. Me pongo los zapatos y bajo las escaleras hasta la planta baja y me meto en la cocina con la intención de desayunar y ver las noticias antes de irme. 
¡Qué nervios! Las clases se me hacen eternas y me parece que no van a acabar nunca. Solo cuando toca el timbre que indica el fin de las clases doy un pequeño salto y creo que Nicko lo ha notado. Recojo mis cosas y Nicko las suyas y, cuando terminamos, salimos por la puerta en dirección a la salida y a su casa. Y, tengo que reconocer que el camino es más largo de lo que me parece. La otra vez que estuve en su casa tardamos un cuarto de hora ya estábamos en su casa pero hoy llevamos veinte minutos de trayecto y aún no llegamos. Es muy raro. Y, por fin, a la media hora de andar diviso su casa a lo lejos pero aún nos falta llegar.
-Si vives tan lejos… ¿por qué no vienes en el autobús del instituto?
-Pues porque me gusta esto. Ya sabes, el camino y la belleza del mundo…
-No, no lo sé.
Al llegar a su casa no me asombro tanto como el otro día pero aún no me puedo creer lo grande que es. Pasamos por la puerta y llegamos a su habitación. Dejamos la mochila en el suelo de su cuarto y bajamos a la cocina. Justo como le pedí para comer hay ensalada y carne empanada. Me dice que su familia llegará en breve y entonces nos pondremos a comer. Y solo cinco minutos después de nuestra llegada oímos como una llave se introduce en el cerrojo y se abre la puerta continuada del sonido de unos pasos hacia el interior de la casa.
-Uff, Nicko – dice una voz femenina - ¿A qué huele aquí? Huele muy bien y a la vez muy mal.
-Huele a la comida, como siempre – le contesta Nicko.
Veo como otra chica de nuestra edad, más o menos, le dirige una fiera mirada a Nicko. ¿Ha pasado algo malo de lo que yo no me he enterado? ¿Y si ha sido así qué derecho tengo yo a meterme en sus asuntos personales si él no quiere contármelos? La gente va entrando y en la casa ahora hay seis personas. Me presenta a sus hermanos adoptivos y se van sentando en la mesa y todos miran con repugnancia a la comida. ¿No les gusta la ensalada ni la carne empanada? ¿A ninguno? Debería haber escogido otra comida. Si no le gusta a Nicko podría habérmelo dicho y habría escogido una del agrado de todos. Seguro que lo ha hecho por educación. Para compensarle lo invitaré un día a comer a mi casa.
-Pensé que dijiste que vendría Aithne a comer – dice Jorgina – pero veo que en su lugar has traído a Jenna.
-Está es Aithne no Jenna – me defiende Nicko.
-No te preocupes mucha gente suele confundirnos la una con la otra. Hasta una vez nos cambiamos los papeles en una cita doble… Es muy divertido ver la cara que ponen cuando les dices que eres la otra.
-Espero que no se os ocurra hacérnoslo.
-Descuida – le contesto poniendo una sonrisa en la cara.
La comida es muy agradable aunque todos miran su plato con un poco de asco y comen sin ganas de hacerlo pero a mí me encanta. Cuando, en la comida, les pregunto sobre sus padres, los adoptivos claro, me dicen que no van a poder acompañarnos porque su padre ha tenido una urgencia en el trabajo y su madre estaba en el hospital cuidando a su enferma madre. Reconozco que me hubiera gustado conocerlos pero si hoy no puede ser no me queda más remedio que esperar una ocasión en la que pueda verlos en persona.
-¿Por qué no te llevas a Aithne a la piscina un rato? – sugiere Dionisia a Nicko.
-¡NO! – ante mi respuesta todos me miran esperando una explicación – Es que no me he traído el bañador.
Me parece que esa excusa no cuela mucho pero no se dan por vencido tan fácilmente.
-Te dejo uno mío, seguro que te entra y te va a quedar genial el de color…
-Seguro que si pero le prometí que le enseñaría todo lo que quisiera en el observatorio. No voy a faltar una promesa y además ella no quiere – interrumpe Nicko y lo agradezco.
Acto seguido abandonamos la cocina y subimos las escaleras hasta el observatorio y solo cuando llego a la puerta de este me doy cuenta de que alguien nos sigue. Es Dionisia, su hermana. Ahora que me acuerdo, ¿no tenía un hermano y una hermana más? Me parece que si que me lo dijo. En ese caso, ¿dónde están?
-¿No me dijiste en la playa que tenias 3 hermanos y 3 hermanas?
-Si, te lo dije. ¿Por? – me pregunta extrañado.
-Porque aún no he visto a dos de tus hermanos. Me parece que dijiste que se llamaban… Ah, si. Se llaman  Romana y Joan. ¿Dónde están?        
-Esto, están en...
-Están en un viaje que les tocó el mes pasado – interviene Diona - ¿Por qué no empezamos por la aurora boreal?
-Me parece bien.
Nos sentamos en las butacas y veo aparecer la noche y en ella una gran línea de colores dispersos. Que preciosidad, no me cansaría de verlo nunca. Nunca en el estricto significado de la palabra. Cuando esta acaba puedo contemplar todas las constelaciones y mi favorita parece que brilla más que nunca, pero solo son imaginaciones mías porque esto es una proyección.
Ya he visto todo lo que puedo ver en el observatorio y bajamos a la sala de estar para merendar. Diona prepara unas tostadas con mermelada y un vaso de zumo para cada uno.
-Deberíamos hacer los deberes para mañana – comenta Nicko.
-Si, deberíamos. Pero en su lugar creo que me voy a llevar a Aith a mi cuarto.
-Diona, no lo hagas otra vez. Por favor – le suplica Nicko.
-Es un rato de chicas, tú no lo entenderías. Y, por tu bien, espero que no nos espíes.
¿Espiarnos? ¿Por qué? ¿Lo ha hecho antes? ¿Con quien? No puedo dejar que estas preguntas formen un gran remolino en mi cabeza en estos momentos. Pierdo el hilo de lo que están diciendo y más preguntas se meten en mi cabeza de manera preocupante. Voy moviendo mi cabeza de uno a otro, mirándolos alternativamente, mientras ellos siguen su conversación como si yo no estuviera ahí ni tuviera derecho a dar mi opinión, alzando su volumen un poco más del necesario para mi gusto. Me siento en el sofá mientras espero a que finalicen. ¿Cuánto llevan ya así? ¿Un cuarto de hora? Me muero del aburrimiento con el único placer de mirarlos.
-Pero también es mi amiga y tengo derecho a un rato a solas con ella… - sigue argumentando Diona.
¡PUM!
Se oye como se cierra la puerta de un portazo y unos pasos tranquilos que van hacia la sala en la que estamos, la única cosa que esperaba que pasara ni con un portazo se cumple. Aún no dejan de discutir.
-Ya vale. La estáis aburriendo entre los dos.
-Padre – dicen Nicko y Diona a la vez.
Me giro para contemplar al alma caritativa que decidió acoger a siete personas y ponerlas a su cuidado y, por otra parte, me ha salvado de morir de aburrimiento. No me sorprende ver lo extremadamente guapo que es, como todos los de esta casa. Con su pálida piel y sus hermosos ojos del color del fondo del mar coronados por el espeso y oscuro cabello. Creo que se parece mucho a Dionisia aunque ella tiene los ojos más azules y el cabello un poco más oscuro, pero sobre todo mucho más rizado.
-Francisco, ¿verdad? Encantada de conocerle – empiezo rompiendo el silencio que se ha creado.
-Si, ¿cómo sabes…?
-Nicko me dijo los nombres de todos y como dijo que usted volvería del trabajo después de la comida, lo he supuesto – le interrumpo porque es obvio cual era la pregunta completa.
-Esta es Aithne – vuelve a presentarme Nicko, otra vez.
-Encantado de conocerla yo también.
-El gusto es mío – digo educadamente.
Acto seguido entra toda la comitiva de la familia Gracia, Jordi, Alastair y Jorge, para enterarse de todo e intentar algún plan para que hagamos algo todos juntos.
-Podríamos coger las canoas y navegar un poco por el río – proponen Jordi y Jorge, a los que me parece que les gusta el deporte porque después de esta proposición no paran de dar planes semejantes.
-O podríamos coger el coche e irnos al centro comercial más cercano – propone Diona esta vez.
-¿Y por qué no nos dices, Diona, de quien es la proposición ganadora? – sugiere Nicko. Que forma más rara de decidir algo aunque como se suele decir: a gustos colores.
Diona cierra los ojos y al cabo de un momento pega una sonora patada en el suelo.
-De excursión a un museo – responde a regañadientes.
-¿A cuál? – le pregunta Alastair, creo.
-Al museo de “Human Body” en el Corte Inglés.
-Decidido. Todos al coche – dice Francisco.
-¿Y madre? – pregunta alguien.
-La llamaré y le diré a donde nos vamos para que, si tiene tiempo, nos acompañe. A ella le hacía ilusión verlo desde hace tiempo.
El camino se hace corto con todas las canciones cantadas en grupo y las cálidas conversaciones. ¡Qué familia tan unida! Cuando bajamos del coche nos encontramos, frente a la puerta del centro, a Ondina, su madre. Aunque insisto en pagar mi entrada se niegan y, amablemente, me la pagan ellos con la excusa de que el dinero no sirve para nada más que para gastarlo. Que excusa más vieja. Al pasar por la puerta abro los ojos como platos y contemplo todo lo que está al alcance de mi visión. Es como si le muestras una habitación llena de caramelos a un niño, los quiere todos. Pronto se acaba toda la magia y se oscurece el cielo. Volvemos a subir al coche y me llevan a mi casa. Y, como hay tanta gente en el coche, solo me despido de Nicko con unas palabras.     

-¿Te lo has pasado bien? – me pregunta mi madre en la cena.
-Si, me han vuelto a confundir con Jen. Por cierto, ¿dónde está ella?
-Se va a quedar a dormir en la casa de una de sus amigas todo el fin de semana. Iré a recogerla el domingo cuando hayan cenado.
Todo un fin de semana sin mi hermana y sin mi padre (porque se ha ido de viaje de negocios). ¿Qué haremos primero?
-¿Te parece bien que mañana durmamos hasta un poco antes del amanecer y lo pintamos? – pregunta como si supiera lo que estoy pensando.
-Nada me encantaría más, como en los viejos tiempos.
Yo y mi madre pintamos desde que tengo memoria. Ella me enseñó la mayoría de las cosas que sé y se lo agradezco. Se me da bien pintar pero a ella más. Cuando tenía ocho años pintamos cada una un cuadro de una noche preciosa, juntas, y nos lo enseñamos mutuamente una vez terminado, desde entonces nos gusta pintar las dos solas pero juntas, el mismo paisaje y nos divertimos mucho. Son de los momentos que más me gustan y creo que a ella también.
Y, como acordamos ayer, nos despertamos pronto para dejar nuestros caballetes, los lienzos y las pinturas en el jardín de atrás mientras desayunamos. Tan solo media hora después comienza el amanecer con sus deliciosos colores que, otra vez, van a quedar en uno de mis recuerdos para siempre.


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