Después de toda la
semana por fin llega el día que tanto anhelaba y temía, con la luz del
amanecer. Veo como la luz del sol atraviesa mi ventana y me acaricia. Ya es
hora de levantarme. Me desperezo y, con los zapatos puestos, bajo a la cocina
para prepararme el desayuno. Me saco el desayuno al comedor y enciendo la
radio. ¡Que agradable se siente uno así!
-Toby, ven aquí chico,
ven aquí – le digo a mi perro cuando lo veo pasar por la puerta.
Él viene y se sube a una
silla, como si fuera una persona dispuesta a desayunar conmigo. Le doy media
tostada para que se la coma y se tumba en la silla esperando a que termine yo
mi desayuno.
Cuando he dejado todo
recogido, me siento en el sofá con el periódico y mi perro se pone encima de la
mesa con su correa entre los dientes. Me mira esperanzado de que lo entienda.
¡Pero que listo que es! Quiere salir de paseo y me lo está pidiendo.
Me visto, le pongo la
correa y salimos por la puerta. En el parque suelto a Toby para que corra a sus
anchas. Lo miro mientras va al encuentro con otro perro de mayor tamaño que él
y con un pañuelo verde alrededor del cuello. ¡No puede ser!
-¿Me estás siguiendo? –
le digo a Nicko en broma cuando nos encontramos lo bastante cerca como para una
conversación.
-Más quisieras – me
contesta – Solo estoy sacando a Laika de paseo, y parece que tú tienes uno
también aunque no deberías sacarlo tú de paseo con la pierna así.
-Eres muy pesado con lo
de la pierna, ¿no te parece? Ya pasó y estoy bien.
-Solo me aseguraba –
dice encogiéndose de hombros - ¿Te parece bien que adelante la fiesta a por la
mañana, te quedas a comer y luego seguimos por la tarde?
-Vale, no me importa. ¿A
qué hora me paso?
-No te pasas, te
acompaño a casa te coges lo que necesites y nos vamos directamente.
Volvemos a ponerles la
correa a nuestros perros y me acompaña hasta la puerta de mi casa. Cojo mis
cosas, me cambio y me peino y salgo por la puerta donde Nicko me está
esperando. Casi me vuelvo a caer en las escaleras de fuera pero Nicko me coge
justo a tiempo e insiste en llevarme en brazos a su casa con el fin de llegar
antes pero creo que lo hace para que yo no tenga que andar. Termino accediendo
y me lleva en brazos.
-¿Qué voy a hacer
contigo? – dice Nicko retóricamente.
-Meterme en papel de
burbujas y esperar encerrada a no matarme.
Me baja al suelo justo
delante de la puerta y la abre para mí.
-¿Qué pasa pezqueñina? –
me dice Jordi cuando me ve.
-¿Pezqueñina? ¿No se te
ha ocurrido un apodo mejor? – me quejo.
-Pues no sé, como eres
un pez y eres pequeña: pez-queñina. ¿Lo pillas?
-Feliz cumpleaños,
Jordi. Que cumplas muchos más. ¿Cuántas veces tengo que tirarte de las orejas?
-Ni se te ocurra
decírselo. Te lo advierto Jordi – interviene Nicko.
-Aguafiestas – murmuro y
Jordi se ríe.
Nicko me conduce a la
cocina, donde está su padre. Me siento en una silla y me empiezan a examinar la
pierna.
-¿Qué tal andas? – me
pregunta su padre.
-Bien.
-No es cierto, no puede
ni bajar un escalón sin caerse – interviene Nicko.
-Solo ha sido una vez –
me intento defender.
-Han sido cuatro veces.
-La herida está curando
bien, y muy rápido. Ya podéis iros – me dice Francisco guiñándome un ojo.
Salimos de la cocina en
dirección a la piscina de su casa, de dónde viene Jordi encharcándolo todo de
agua. Y justo tiene que sacudirse la cabeza cuando paso a su lado. Si es que ya
sabía yo que la mala suerte siempre está a mi lado. Le doy mi mochila a Nicko y
me siento en el suelo para no caerme. A los pocos segundos mido mucho más de lo
que media antes. Claro, con una colar con la que mido dos metros y algo qué
querías ser, ¿más pequeña?
-No te preocupes, yo te
llevo a la piscina – me dice Nicko cogiéndome en brazos. Ahora se vuelve hacia
Jordi – Un poco más de tacto, hermano.
-Lo siento – contesta
éste alejándose de nosotros en dirección contraria.
Cuando paso por la
puerta de la piscina en brazos de Nicko me quedo asombrada. No es una piscina
normal, es como una piscina municipal con grandes ventanales para dejar pasar
la luz. Dionisia está en una tumbona con un bikini de color negro que hace un
contraste perfecto con su pálida piel y a conjunto con su oscuro cabello, a su
lado están Jorge, Alastair, Ondina y las pareja de fantasmas de la casa. Nicko
me deja con cuidado dentro del agua y él se mete también dentro tirándose de
cabeza.
Cuando son las dos de la
tarde salimos del agua y me pone en una tumbona con una toalla al lado.
-¿No puede usar sus
poderes para evaporar el agua en vez de tener que secarse con una toalla? –
dice Jorge algo molesta.
-No lo controla, Jorge.
No seas así – dice Diona.
Me seco todo lo rápido
que puedo y voy a la cocina para comer. Pero solo como yo, los demás se quedan
en la piscina. Nicko, muy gentilmente, se queda conmigo en la cocina hasta que
acabo de comer. Mientras mastico el primer plato sé que me estoy olvidando de
algo, algo importante. Me lo pienso un momento y ya sé que es lo que tenía que
hacer. Salgo corriendo de la cocina, tan rápido como me permite la herida, y
cojo mi bolsa. Saco de ella un paquete envuelto en papel de regalo y voy de
camino a la cocina otra vez. Justo en mitad del recorrido me resbalo con el
agua del suelo y temiendo caerme sin hacerlo porque Nicko, que ha venido en mi
busca por mi repentina carrera, me coge a tiempo.
-¿Pero qué…?
-¡Feliz cumpleaños! – le
digo tendiéndole el regalo que tengo en mi mano.
Lo coge y empieza a
desenvolverlo. Cuando lo ve me abraza fuerte, muy fuerte, tanto que casi no
puedo respirar. Es una fotografía, una fotografía de nosotros dos en un marco
casero. El marco representa un poco lo que soy yo, con el mar, y lo que es el,
un ser atado a la noche. Se va con la foto a no sé donde y vuelve al cabo de
tres segundos sin ella. Seguro que ha ido a dejarla en su habitación.
-Gracias. Es el mejor
regalo que podías hacerme.
Por la tarde Nicko
propone irnos de excursión a algún sitio y, como él celebra su cumpleaños es él
el que elige donde nos vamos.
-¿Os apetece el parque
de atracciones? En caso contrario os tendréis que aguantar porque es nuestro
próximo destino.
Nos subimos al coche y
llegamos allí en una media hora. Francisco pagó la entrada y cada uno se va con
su acompañante a las atracciones en las que se quieren montar.
Nicko y yo nos ponemos
en la fila para la montaña rusa, que está muy bien pero que, según él, va un
poco despacio. Cuando nos encaminamos hacia la siguiente de una larga lista de
atracciones pasamos por delante de la que se llama “Los troncos de agua” en la
que yo nunca me podré montar. Fijándome un poco en la atracción veo que algo va
mal y que el tronco en el que hay tres personas está parado en una bajada que
es casi vertical y, las tres personas, hacen esfuerzos por mantenerse agarradas
a las barandillas de seguridad en vez de caer en picado al sólido y duro suelo.
Me detengo frente la atracción y la miro intentando hacer algo, algo pero no se
me ocurre el qué.
-Sabes que no te puedes
montar ahí – me dice al notar que miro la atracción fijamente.
-No es eso Nicko, mira
el tronco. Está totalmente parado. Y mira el agua, no fluye.
-Tienes razón. Aunque no
puedo usar mi poder para mover el tronco y salvar a toda esa gente, me
descubrirían.
Se empieza a amontonar
la gente alrededor de la atracción y llegan también los hermanos y los padres
de Nicko preguntando qué ocurre. Señalo el tronco atascado y el agua. Mirando
con más atención, veo que las tres personas se están resbalando. Hay que actuar
rápido o de lo contrario morirán dejando sus inertes cuerpos espachurrados por
la gran caída sobre la congelada superficie del agua. ¡Congelada, por eso no
fluye, porque está congelada!
-El agua está congelada
– les hago saber.
-Descongélala, Aithne.
-No puedo. Sabéis que no
lo controlo.
-Pues enfádate, recuerda
que nos dijiste que cuando te enfadas el agua de tu alrededor hierve.
Pero no consigo
enfadarme por mucho que lo intento, solo consigo acelerar mi ritmo cardíaco
multiplicándolo por diez sabiendo que la vida de tres personas inocentes están
en juego, en mis manos.
-No lo logrará a tiempo
y se entristecerá tanto que congelará el agua de todas las atracciones
acuáticas en las que, por supuesto, seguirá habiendo gente inocente que morirá
y la acción se repetirá continuamente. Es una inútil – murmura Jorge
tranquilamente.
-¡No tienes derecho a
criticarme! ¡Tú no sabes por lo que estoy pasando en estos momentos! ¡Prueba tú
a ver si es tan fácil! – le echo en cara quedándome sin aliento.
-¡Lo has hecho! – me
felicita Nicko.
-Lo he hecho. ¡Si, lo he
hecho! – digo recuperando el aliento.
-Gracias por hacerla
enfadar, Jorge – le agradece Francisco.
-No lo hacía para
enfadarla, es lo que estaba pensando. También pensaba que después de eso
tendríamos que marcharnos secuestrándola a ella y encerrándola para que no
vuelvan a pasar más cosas de éstas.
-Te estás pasando un
poquito, ¿no crees? – contesto enfadándome otra vez.
-Jorge para o podría
hacer hervir el agua de la sangre de los humanos – interviene Francisco en
nuestra pequeña pelea – Habría una investigación por un asesinato en masa en
extrañas circunstancias en las que ningún humano poseería agua en los tejidos.
Los principales sospechosos seríamos nosotros debido a que seríamos los únicos
vivos en todo el parque de atracciones.
-Eso, tú dale objetivos
que así vamos bien. Es lo último que nos faltaba.
-No pretendo hacer daño
a nadie, me sale sin querer – y añado – Cuanto antes empiece el entrenamiento
mejor.
-Creo que en eso estamos
todos de acuerdo. Lo que me pregunto es cómo se ha congelado el agua teniendo
en cuenta que estamos a diez grados de temperatura Celsius – dice Nicko
mirándome y entrecerrando los ojos.
-A mí no me miréis, yo
estaba muy feliz y tranquila.
Después nos separamos y
volvemos a hacer cola en las atracciones en las que queremos montar,
exceptuando las acuáticas por supuesto.
Cuando salimos del
parque hay un chico que está abriéndose
una coca-cola con el terrible error de haberla agitado antes y un chorro sale
disparado en todas direcciones. ¡No me lo puedo creer, otra vez pasa lo mismo!
Nicko me coge en brazos y me lleva al coche todo lo rápido que puede ya que
solo tengo diez segundos desde que me salpican. Me pone en el maletero y él en
el asiento que hay en frente de mí.
-No podemos sacarte de
casa, eres un peligro chica – dice Jordi cuando llega al coche y se sienta
junto a Nicko - ¿Cómo lo consigues?
-¿Te crees que estoy
cómoda así? – pregunto retóricamente.
Por la ventanilla veo un
camino pedregoso y lleno de maleza y baches. Siguiéndolo, el coche da varios
botes y me choco contra el suelo y el techo del vehículo, quejándome del dolor
que esto me produce. Mis piernas vuelven a aparecer a los diez minutos y me
levanto, paso por encima de los asientos y me siento entre Jordi y Nicko
durante el resto del viaje.
No hay comentarios:
Publicar un comentario