sábado, 30 de noviembre de 2013

CAPITULO 9: LA FIESTA


Después de toda la semana por fin llega el día que tanto anhelaba y temía, con la luz del amanecer. Veo como la luz del sol atraviesa mi ventana y me acaricia. Ya es hora de levantarme. Me desperezo y, con los zapatos puestos, bajo a la cocina para prepararme el desayuno. Me saco el desayuno al comedor y enciendo la radio. ¡Que agradable se siente uno así!
-Toby, ven aquí chico, ven aquí – le digo a mi perro cuando lo veo pasar por la puerta.
Él viene y se sube a una silla, como si fuera una persona dispuesta a desayunar conmigo. Le doy media tostada para que se la coma y se tumba en la silla esperando a que termine yo mi desayuno.
Cuando he dejado todo recogido, me siento en el sofá con el periódico y mi perro se pone encima de la mesa con su correa entre los dientes. Me mira esperanzado de que lo entienda. ¡Pero que listo que es! Quiere salir de paseo y me lo está pidiendo.
Me visto, le pongo la correa y salimos por la puerta. En el parque suelto a Toby para que corra a sus anchas. Lo miro mientras va al encuentro con otro perro de mayor tamaño que él y con un pañuelo verde alrededor del cuello. ¡No puede ser!
-¿Me estás siguiendo? – le digo a Nicko en broma cuando nos encontramos lo bastante cerca como para una conversación.
-Más quisieras – me contesta – Solo estoy sacando a Laika de paseo, y parece que tú tienes uno también aunque no deberías sacarlo tú de paseo con la pierna así.
-Eres muy pesado con lo de la pierna, ¿no te parece? Ya pasó y estoy bien.
-Solo me aseguraba – dice encogiéndose de hombros - ¿Te parece bien que adelante la fiesta a por la mañana, te quedas a comer y luego seguimos por la tarde?
-Vale, no me importa. ¿A qué hora me paso?
-No te pasas, te acompaño a casa te coges lo que necesites y nos vamos directamente.
Volvemos a ponerles la correa a nuestros perros y me acompaña hasta la puerta de mi casa. Cojo mis cosas, me cambio y me peino y salgo por la puerta donde Nicko me está esperando. Casi me vuelvo a caer en las escaleras de fuera pero Nicko me coge justo a tiempo e insiste en llevarme en brazos a su casa con el fin de llegar antes pero creo que lo hace para que yo no tenga que andar. Termino accediendo y me lleva en brazos.
-¿Qué voy a hacer contigo? – dice Nicko retóricamente.
-Meterme en papel de burbujas y esperar encerrada a no matarme.
Me baja al suelo justo delante de la puerta y la abre para mí.
-¿Qué pasa pezqueñina? – me dice Jordi cuando me ve.
-¿Pezqueñina? ¿No se te ha ocurrido un apodo mejor? – me quejo.
-Pues no sé, como eres un pez y eres pequeña: pez-queñina. ¿Lo pillas?
-Feliz cumpleaños, Jordi. Que cumplas muchos más. ¿Cuántas veces tengo que tirarte de las orejas?
-Ni se te ocurra decírselo. Te lo advierto Jordi – interviene Nicko.
-Aguafiestas – murmuro y Jordi se ríe.
Nicko me conduce a la cocina, donde está su padre. Me siento en una silla y me empiezan a examinar la pierna.
-¿Qué tal andas? – me pregunta su padre.
-Bien.
-No es cierto, no puede ni bajar un escalón sin caerse – interviene Nicko.
-Solo ha sido una vez – me intento defender.
-Han sido cuatro veces.
-La herida está curando bien, y muy rápido. Ya podéis iros – me dice Francisco guiñándome un ojo.
Salimos de la cocina en dirección a la piscina de su casa, de dónde viene Jordi encharcándolo todo de agua. Y justo tiene que sacudirse la cabeza cuando paso a su lado. Si es que ya sabía yo que la mala suerte siempre está a mi lado. Le doy mi mochila a Nicko y me siento en el suelo para no caerme. A los pocos segundos mido mucho más de lo que media antes. Claro, con una colar con la que mido dos metros y algo qué querías ser, ¿más pequeña?
-No te preocupes, yo te llevo a la piscina – me dice Nicko cogiéndome en brazos. Ahora se vuelve hacia Jordi – Un poco más de tacto, hermano.
-Lo siento – contesta éste alejándose de nosotros en dirección contraria.
Cuando paso por la puerta de la piscina en brazos de Nicko me quedo asombrada. No es una piscina normal, es como una piscina municipal con grandes ventanales para dejar pasar la luz. Dionisia está en una tumbona con un bikini de color negro que hace un contraste perfecto con su pálida piel y a conjunto con su oscuro cabello, a su lado están Jorge, Alastair, Ondina y las pareja de fantasmas de la casa. Nicko me deja con cuidado dentro del agua y él se mete también dentro tirándose de cabeza.
Cuando son las dos de la tarde salimos del agua y me pone en una tumbona con una toalla al lado.
-¿No puede usar sus poderes para evaporar el agua en vez de tener que secarse con una toalla? – dice Jorge algo molesta.
-No lo controla, Jorge. No seas así – dice Diona.
Me seco todo lo rápido que puedo y voy a la cocina para comer. Pero solo como yo, los demás se quedan en la piscina. Nicko, muy gentilmente, se queda conmigo en la cocina hasta que acabo de comer. Mientras mastico el primer plato sé que me estoy olvidando de algo, algo importante. Me lo pienso un momento y ya sé que es lo que tenía que hacer. Salgo corriendo de la cocina, tan rápido como me permite la herida, y cojo mi bolsa. Saco de ella un paquete envuelto en papel de regalo y voy de camino a la cocina otra vez. Justo en mitad del recorrido me resbalo con el agua del suelo y temiendo caerme sin hacerlo porque Nicko, que ha venido en mi busca por mi repentina carrera, me coge a tiempo.
-¿Pero qué…?
-¡Feliz cumpleaños! – le digo tendiéndole el regalo que tengo en mi mano.
Lo coge y empieza a desenvolverlo. Cuando lo ve me abraza fuerte, muy fuerte, tanto que casi no puedo respirar. Es una fotografía, una fotografía de nosotros dos en un marco casero. El marco representa un poco lo que soy yo, con el mar, y lo que es el, un ser atado a la noche. Se va con la foto a no sé donde y vuelve al cabo de tres segundos sin ella. Seguro que ha ido a dejarla en su habitación.
-Gracias. Es el mejor regalo que podías hacerme.
Por la tarde Nicko propone irnos de excursión a algún sitio y, como él celebra su cumpleaños es él el que elige donde nos vamos.
-¿Os apetece el parque de atracciones? En caso contrario os tendréis que aguantar porque es nuestro próximo destino.
Nos subimos al coche y llegamos allí en una media hora. Francisco pagó la entrada y cada uno se va con su acompañante a las atracciones en las que se quieren montar.
Nicko y yo nos ponemos en la fila para la montaña rusa, que está muy bien pero que, según él, va un poco despacio. Cuando nos encaminamos hacia la siguiente de una larga lista de atracciones pasamos por delante de la que se llama “Los troncos de agua” en la que yo nunca me podré montar. Fijándome un poco en la atracción veo que algo va mal y que el tronco en el que hay tres personas está parado en una bajada que es casi vertical y, las tres personas, hacen esfuerzos por mantenerse agarradas a las barandillas de seguridad en vez de caer en picado al sólido y duro suelo. Me detengo frente la atracción y la miro intentando hacer algo, algo pero no se me ocurre el qué.
-Sabes que no te puedes montar ahí – me dice al notar que miro la atracción fijamente.
-No es eso Nicko, mira el tronco. Está totalmente parado. Y mira el agua, no fluye.
-Tienes razón. Aunque no puedo usar mi poder para mover el tronco y salvar a toda esa gente, me descubrirían.
Se empieza a amontonar la gente alrededor de la atracción y llegan también los hermanos y los padres de Nicko preguntando qué ocurre. Señalo el tronco atascado y el agua. Mirando con más atención, veo que las tres personas se están resbalando. Hay que actuar rápido o de lo contrario morirán dejando sus inertes cuerpos espachurrados por la gran caída sobre la congelada superficie del agua. ¡Congelada, por eso no fluye, porque está congelada!
-El agua está congelada – les hago saber.
-Descongélala, Aithne.
-No puedo. Sabéis que no lo controlo.
-Pues enfádate, recuerda que nos dijiste que cuando te enfadas el agua de tu alrededor hierve.
Pero no consigo enfadarme por mucho que lo intento, solo consigo acelerar mi ritmo cardíaco multiplicándolo por diez sabiendo que la vida de tres personas inocentes están en juego, en mis manos.
-No lo logrará a tiempo y se entristecerá tanto que congelará el agua de todas las atracciones acuáticas en las que, por supuesto, seguirá habiendo gente inocente que morirá y la acción se repetirá continuamente. Es una inútil – murmura Jorge tranquilamente.
-¡No tienes derecho a criticarme! ¡Tú no sabes por lo que estoy pasando en estos momentos! ¡Prueba tú a ver si es tan fácil! – le echo en cara quedándome sin aliento.
-¡Lo has hecho! – me felicita Nicko.
-Lo he hecho. ¡Si, lo he hecho! – digo recuperando el aliento.
-Gracias por hacerla enfadar, Jorge – le agradece Francisco.
-No lo hacía para enfadarla, es lo que estaba pensando. También pensaba que después de eso tendríamos que marcharnos secuestrándola a ella y encerrándola para que no vuelvan a pasar más cosas de éstas.
-Te estás pasando un poquito, ¿no crees? – contesto enfadándome otra vez.
-Jorge para o podría hacer hervir el agua de la sangre de los humanos – interviene Francisco en nuestra pequeña pelea – Habría una investigación por un asesinato en masa en extrañas circunstancias en las que ningún humano poseería agua en los tejidos. Los principales sospechosos seríamos nosotros debido a que seríamos los únicos vivos en todo el parque de atracciones.
-Eso, tú dale objetivos que así vamos bien. Es lo último que nos faltaba.
-No pretendo hacer daño a nadie, me sale sin querer – y añado – Cuanto antes empiece el entrenamiento mejor.
-Creo que en eso estamos todos de acuerdo. Lo que me pregunto es cómo se ha congelado el agua teniendo en cuenta que estamos a diez grados de temperatura Celsius – dice Nicko mirándome y entrecerrando los ojos.
-A mí no me miréis, yo estaba muy feliz y tranquila.
Después nos separamos y volvemos a hacer cola en las atracciones en las que queremos montar, exceptuando las acuáticas por supuesto.
Cuando salimos del parque  hay un chico que está abriéndose una coca-cola con el terrible error de haberla agitado antes y un chorro sale disparado en todas direcciones. ¡No me lo puedo creer, otra vez pasa lo mismo! Nicko me coge en brazos y me lleva al coche todo lo rápido que puede ya que solo tengo diez segundos desde que me salpican. Me pone en el maletero y él en el asiento que hay en frente de mí.
-No podemos sacarte de casa, eres un peligro chica – dice Jordi cuando llega al coche y se sienta junto a Nicko - ¿Cómo lo consigues?
-¿Te crees que estoy cómoda así? – pregunto retóricamente.
Por la ventanilla veo un camino pedregoso y lleno de maleza y baches. Siguiéndolo, el coche da varios botes y me choco contra el suelo y el techo del vehículo, quejándome del dolor que esto me produce. Mis piernas vuelven a aparecer a los diez minutos y me levanto, paso por encima de los asientos y me siento entre Jordi y Nicko durante el resto del viaje.











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