Dos días han pasado
desde que volví a casa y hoy en el instituto Nicko no para de preguntarme cómo
estoy. No es para tanto, solo un gran corte en la pierna derecha.
-Este sábado celebro mi
cumpleaños y me gustaría invitarte a mi casa para celebrarlo con la familia –
dice Nicko mientras volvemos a casa.
-No sé, el último fin de
semana estuve encerrada en dos habitaciones y no pude moverme.
-No volveremos a hacerlo
mientras sigas sin hacerte daño, pececillo – y se ríe un poco. Yo, por mi
parte, le doy un codazo en las costillas aunque me dejará un moratón.
-Vale, ¿qué vamos a
hacer?
-Ponte el bañador, es
una fiesta en la piscina – y se vuelve a reír.
¿Es ciego o me estoy
equivocando con su gemelo malvado? No lo entiendo, soy una sirena. No me puede
tocar el agua y él va y me invita a una fiesta en la piscina de su casa con su
familia vampírica alrededor.
-Pero es octubre y hace
frío.
-No te preocupes por
eso, será en la piscina climatizada – supongo que esto ya no me sorprende tanto
porque ya he visto su casa – Ya verás, es enorme. Además eres un ser de agua
fría, por si no te acuerdas.
-Pero…
-¿No te irás a rajar?
-No, pero… tengo la
herida de la pierna y soy una sirena.
-Ya me he dado cuenta de
esos detalles.
¿Pero a dónde quiere ir
a parar? De todas maneras no pensaba meterme al agua. Sería una estupidez por
mi parte. Aunque si lo pienso yo sé su secreto, el de toda su familia, y ellos
ya saben el mío.
-A propósito… - me dice
Nicko sacándome de mis pensamientos – Francisco quiere ver qué tal está la
pierna y… hablar sobre tus poderes y tu inmortalidad.
-Mi inmortalidad –
repito.
-Jorge tiene envidia se
eso.
-Envidia. No sabe lo que
es ser como yo. Es una tortura constante.
-Jorge no lo ve así.
Tienes belleza, inmortalidad y, lo más importante, tu corazón late impulsando
sangre. Además sales a la luz del sol.
-Supongo que ha
desechado la torpeza y el no poder salir en público cuando el agua está
presente.
-Hablando de tu
inmortalidad…
-¿Qué pasa con ese tema?
– una repentina curiosidad inunda mi rostro.
-¿Cuántos años tienes? –
me pregunta.
-Quince. Bueno, casi
dieciséis – contesto automáticamente.
-¿Quieres decir que una
sirena nació hace casi dieciséis años en el planeta?
-Si, creo que si.
-Te queda descubrir cómo
has nacido. Una sirena no aparece de la nada.
-Volviendo al tema que
querías esquivar… ¿Cuántos años tienes tú? – esta vez no se libra de mi
pregunta, va a tener que responderme.
-Demasiados para que
puedas asimilarlos – me dice secamente.
-Te equivocas. Si puedo
con una familia de vampiros que me cura una herida mientras soy una sirena y
que cuando me dejan sola un par de horas me dejan al cuidado de dos fantasmas
creo que podré con una cifra.
-Puede que tengas razón,
pero no te lo voy a decir – y sigue sin dar su brazo a torcer con este tema.
-Solo una pista, por
favor – le ruego.
-Vale – por fin – Dejaré
que me hagas una única pregunta así que piénsatela bien.
Si, tengo que pensármela
bien. Necesito un punto de partida. No puede ser una fecha muy cercana pero
tampoco muy alejada. Um…
Ya está. Tengo una
pregunta que me dará, más o menos, la desconocida cifra de su edad.
-¿Presenciaste el
descubrimiento de América?
-Fui en una de las tres
carabelas de Cris.
-¿Quién es Cris? – en
cuanto formulo la pregunta me doy cuenta de la respuesta y me entra una gran
curiosidad - ¿Conociste a Cristóbal Colón?
-Estaba muy equivocado
con sus planes… - murmura Nicko tan bajo que casi no le oigo.
Así que él ha vivido en
1492. Tiene como poco quinientos veinte años. Es como un libro de historia
viviente, tengo tantas preguntas… Noto como la curiosidad llena toda mi cabeza
sin dejarme pensar en nada más.
-Cuéntame más cosas – le
pido expectante.
-¿Como qué?
-Cuéntame si estuviste
en la Revolución Francesa.
-No, no estuve en la
Revolución Francesa. “Vivía” pero no la presencié con mis propios ojos.
-¿Con qué lo ibas a
presenciar sino? ¿Con los ojos del vecino? – digo irónicamente mientras sonrío
- ¿Dónde estabas entonces?
-Pues estaba… estaba en
un lugar distinto – dijo evitando mi pregunta.
-Eso no contesta a mi
pregunta, se un poco más preciso.
-Se podría decir que
estaba descubriéndome a mí mismo.
-Vale, supongo que no
voy a poder sacarte nada más… aún.
En lo que transcurren
cinco minutos hemos cambiado de tema unas cinco veces. Podríamos decidirnos por
uno y discutirlo. Y cuando empieza a contarme como vio morir a su familia
mientras que el estaba congelado en el mundo me entristezco y el agua de las
nubes se solidifica y pesa más haciendo caer pequeñas bolas de hielo.
-Lo siento – se
disculpa. Pero no ha sido culpa suya sino mía.
-No te disculpes. No has
hecho nada, soy yo la que no sabe controlar sus poderes.
-Pero yo te he hecho
entristecer y por lo tanto es culpa mía – pero que cabezón que es. Esto es culpa
mía y solo mía y el que diga lo contrario miente.
-Nunca aprenderé a
dominarlo.
-Tienes todo el tiempo
del mundo para practicar – me recuerda – Te puedo ayudar si quieres.
-¿De verdad me
ayudarías? – no me lo creo. A él debió de costarle mucho pero lo ha conseguido
y ahora usa sus poderes cuando quiere. Tiene mucha suerte.
-Claro, cuando quieras
pásate por mi casa y te ayudo.
-Muchas gracias.
-No hay por qué darlas.
Nuestro camino a casa se
separa aquí y se despide diciéndome que tenga cuidado que me cuide. Yo le
contesto que vale con pocas ganas.
-Por cierto, ¿me puedo
pasar a tu casa a estudiar contigo esta tarde?
-Pásate cuando no haya
sol, te estaré esperando. Adiós.
-Hasta esta tarde.
Ahora si que cada uno
sigue su camino. Cuando llego a casa mi madre me está esperando, como desde el
accidente de la pierna, en el porche para ayudarme a subir las escaleras aunque
le siempre le digo que es innecesario.
No es hasta las seis
cuando toca el timbre y yo tengo que bajar a abrir, casi me caigo rodando por
las escaleras tres veces. Por fin, después de cinco minutos de espera para
Nicko, llego a la puerta y la abro. Le digo que pase y me acompaña a mi
habitación por las escaleras. Aún no contento de estar encima de mí todo el
día, me levanta del suelo y me sube a la habitación sin dejarme pisar ni un
solo escalón.
-No te creas que no he
oído como te tropezabas continuamente.
-Esto es innecesario.
Puedo andar yo sola – y otra vez entra en acción la frase estrella de la
semana.
-No puedes bajar vas a poder
subir.
-Eres muy sobre
protector, ¿lo sabías?
-Eso me han dicho – dice
mofándose de mí.
Mira cada rincón de mi
habitación y nos sentamos en las sillas que hay frente a mi escritorio. Le
pregunto que qué quiere estudiar y me contesta que le da igual, que era una
excusa para estar conmigo. “Y controlarme” pienso. Mi madre nos sube algo para
comer y beber pero acabo comiéndomelo todo yo porque el señor vampiro solo bebe
sangre. Un poco de sacrificio no le hace ningún mal a nadie.
-¿Se va a quedar a cenar
Aithne? – pregunta mi madre.
Miro a Nicko durante un
minuto y le contesto que si. Al menos espero que ese asentimiento de cabeza que
me ha hecho significara que se queda a cenar.
-¿Voy a acabar
comiéndomelo todo yo? – le pregunto una vez que se ha ido mi madre.
-¿Qué esperabas? A mí no
me gusta la comida humana, solo bebo sangre animal. Lo siento.
Pongo los ojos en blanco
y continuamos con los deberes de literatura a la que he puesto la etiqueta de
“aburrido” sobre la tapa del libro. Me gusta leer pero no me gusta la
literatura, irónico ¿verdad?
Pronto llega la hora de
la cena y nos sentamos en nuestros lugares correspondientes, poniendo al lado
mío una silla para que se siente Nicko. Me comenta lo parecidas que somos yo y
mi hermana pero que me prefiere a mí, que soy única y yo le contesto que
delante de mis padres y mi hermana, que no saben mi secreto, no haga bromas con
él.
Mi madre sirve la comida
y empezamos todos, menos Nicko, a comer. A cada bocado que doy yo, él, me pone
el equivalente del bocado en mi plato dejándolo a él con menos y a mí con más.
Tardo un cuarto de hora en comerme el primer plato.
-Venga hija, que te
crece.
-Si, si que me crece –
contesto lanzando una mirada a Nicko y él encogiéndose de hombros.
-Hoy en honor a nuestro
invitado tenemos un postre especial – anuncia mi madre después de haber
terminado.
Todo menos eso. El
postre especial no, me va a tocar doble ración y una ración sola ya es enorme.
Mi madre saca un enorme pastel de chocolate y nata de tres plantas y yo lo miro
con más horror que nunca en toda mi vida. Con una mirada que le dice lo que en
mi mente no puede escuchar le transmito que como me dé su trozo de tarta lo
mato y los vasos de agua de la mesa se evaporan al instante. Espero que lo haya
comprendido.
-¿Cuánto quieres Aithne?
– me pregunta mi madre.
-No mucho mamá, ponme el
trozo más pequeño que puedas o reventaré.
No hay comentarios:
Publicar un comentario